Serie Z entra en el siglo equis equis palito. Desde ya mismo, tienen ustedes la misma ración de enlaces inconexos y temática dispersa en otro alojamiento de nombre igualmente desafortunado: http://seriez.netii.net. Actualicen sus marcadores (si es que los tienen).
Después del mal rollo de la foto del post anterior, vamos a ponernos navideños. Porque es Navidaz, hamigos. El año pasado explorábamos villancicos en formato popular, y este año seguimos la senda pero dándole una vuelta de tuerca, con lo que podríamos llamar Villancicos chungos. Véase:

“No tenía miedo… ¡claro que no!; sólo que no pudo… Eso es todo. Quizá fuera cierto que no temiera morir; pero estaba asustado ante la situación. Su confusa imaginación había despertado para él todos los horrores del pánico: los hombres corriendo desesperados, los gritos de horror, los botes que se hundían… todos los horribles incidentes de un desastre en el mar, como no le había ocurrido nunca. Quizás estuviera resignado a morir, pero sospecho que esperaba una muerte tranquila, callada, sin todos esos horrores. Una cierta disposición a recibir la muerte es algo no demasiado extraordinario; pero pocas veces es posible encontrar hombres cuyas almas protegidas por la armadura de acero de una indomable resolución estén listas para llevar adelante una batalla perdida, y hasta el final. El deseo de paz crece a medida que la esperanza decae, hasta que, al fin, termina por vencer el primario deseo de vivir. ¿Quién de nosotros no ha visto esto o no lo ha experimentado en sí mismo alguna vez… ? El exceso de emociones, la inutilidad del esfuerzo, la nostalgia de un descanso… Esto lo saben todos los que luchan contra fuerzas incomparablemente superiores: los náufragos en sus botes a la deriva, los viajeros perdidos en el desierto, los hombres que combaten contra el incontenible poder de la naturaleza o la estúpida brutalidad de las muchedumbres.”
— Joseph Conrad, Lord Jim
(El crédito para R., por la asociación de ideas)
Hay quien presume de cultura y hay quien presume de culturilla. La mía es la segunda; yo descubrí a Bierce gracias al fortune…
Entendimiento, s. Secreción cerebral que permite a quien la posee distinguir una casa de un caballo, gracias al tejado de la casa. Su naturaleza y sus leyes han sido exhaustivamente expuestas por Locke, que cabalgó una casa, y por Kant, que vivió en un caballo.
Ambrose Bierce, El diccionario del diablo
Halloween, esa fecha del año en que las chicas se visten de brujas. Como Ritchie Blackmore en este vídeo:
(Sí, está traído por los pelos, pero la canción merece la pena ¿a que sí?)
En 1977 la humanidad, o más concretamente sus tutores legales de la época, los Estados Unidos, decidió aprovechar una alineación planetaria especialmente favorable y lanzar al espacio las sondas Voyager. El objetivo primario era estudiar Júpiter y Saturno, pero por estas maravillas de la era de Acuario, las sondas siguieron su camino más allá del sistema solar; como esa idea estaba en mente desde un principio, los dos Voyager incluían un disco por aquello de hacer más ameno el viaje. Pero no era un disco cualquiera, sino un auténtico Todo éxitos planetario, con un popurrí de todos los saberes y diversidades terrestres conocidos hasta esa época. Plantéense ustedes cómo grabar el conocimiento humano en un disco de los de antes y se darán cuenta de lo surrealista que es la empresa.
El caso es que el contenido de ese disco puede visitarse aquí, de forma mucho más cómoda (sobre todo ahora que las sondas están, digamos, un poco retiradas). De entre todo el material incluido, siempre me ha llamado mucho la atención la colección sonora/musical, con cantos indígenas, ruidos varios, Mozart, Beethoven, Bach, Blind Willie Johnson y Chuck Berry. Un poco como los cajones de cassettes de la sección “oportunidades” en Madrid Rock, vaya.
Un dato menos conocido es que, como reveló poco tiempo después Saturday Night Live, llegó a la tierra la primera comunicación extraterrestre. El mensaje era claro:
“¡Mandad más de Chuck Berry!”
No les creas, no les temas, no les pidas nada.
–Alexander Solzhenitsyn
- ¿Son ustedes escritores? - preguntó a su vez la ciudadana.
- Naturalmente - contestó Koróviev con dignidad.
- ¡Sus carnets! - repitió la ciudadana.
- Mi encanto… - empezó dulcemente Koróviev.
- No soy ningún encanto - le interrumpió la ciudadana.
- ¡Ah! ¡Qué pena! - dijo Koróviev con desilusión y continuó - Bien, si usted no desea ser encanto, lo que hubiera sido muy agradable, puede no serlo. Dígame ¿es que para convencerse de que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor. ¡Y me sospecho que nunca tuvo carnet! ¿Qué crees? - Koróviev se dirigió a Popota.
- Apuesto a que no lo tenía - contesto Popota, dejando el hornillo en la mesa junto al libro y secándose con la mano el sudor de su frente, manchada de hollín.
- Usted no es Dostoievski - dijo la ciudadana, desconcertada, dirigiéndose a Koróviev.
- ¿Quién sabe?, ¿quién sabe? - contestó él.
- Dostoievski ha muerto - dijo la ciudadana, pero no muy convencida.
- ¡Protesto! - exclamó Popota con calor -. ¡Dostoievski es inmortal!Mikhail Bulgakov, El Maestro y Margarita







