
“No tenía miedo… ¡claro que no!; sólo que no pudo… Eso es todo. Quizá fuera cierto que no temiera morir; pero estaba asustado ante la situación. Su confusa imaginación había despertado para él todos los horrores del pánico: los hombres corriendo desesperados, los gritos de horror, los botes que se hundían… todos los horribles incidentes de un desastre en el mar, como no le había ocurrido nunca. Quizás estuviera resignado a morir, pero sospecho que esperaba una muerte tranquila, callada, sin todos esos horrores. Una cierta disposición a recibir la muerte es algo no demasiado extraordinario; pero pocas veces es posible encontrar hombres cuyas almas protegidas por la armadura de acero de una indomable resolución estén listas para llevar adelante una batalla perdida, y hasta el final. El deseo de paz crece a medida que la esperanza decae, hasta que, al fin, termina por vencer el primario deseo de vivir. ¿Quién de nosotros no ha visto esto o no lo ha experimentado en sí mismo alguna vez… ? El exceso de emociones, la inutilidad del esfuerzo, la nostalgia de un descanso… Esto lo saben todos los que luchan contra fuerzas incomparablemente superiores: los náufragos en sus botes a la deriva, los viajeros perdidos en el desierto, los hombres que combaten contra el incontenible poder de la naturaleza o la estúpida brutalidad de las muchedumbres.”
— Joseph Conrad, Lord Jim
(El crédito para R., por la asociación de ideas)








