Ahora con un 25% menos de látigo
El cine con cierta base fantástica utiliza un recurso bautizado por Coleridge en 1817 como “suspensión de la incredulidad”: esto es, llegado un cierto punto de la película, yo no soy tan yo como cuando entré por la puerta a ver la cuarta de Indy, soy un mero receptor de información tan empatizante (toma palabra, me pido royalties) con lo que me están contando que me lo creo, aunque sea inverosimil.
El problema de esta táctica es que en muchas películas los términos se confunden y pasamos a la “suspensión de la realidad”: o sea, que al quinto giro demasiado exigente del guión, mi mente vuelve a mi cuerpo, me doy cuenta de que estoy en el cine y el de al lado está comiendo palomitas, fíjate, ya son ganas, con la sed que dan, por eso tienes que comprar también un tanque de refresco, bueno, que al final es hielo y agua con polvitos y hay que ver que caro y “anda, mira, no les ha pasado nada”.

Ojo, que no estoy criticando la película. Será que estoy mayor. Como Harrison Ford. O es eso o ya me dirán ustedes por qué me parece que las mejores escenas son las persecuciones clásicas en exteriores (y sin CGI, por dios) que se parecen más a las entregas anteriores. Y del ordenador, ya saben, el poder corrompe y el poder hacerlo absolutamente todo corrompe casi absolutamente todo lo que se hace. Pero sale Marion (daba para más) y el crío no esta mal. Ay, uno, que es un romántico.








