Como fanático de la intrahistoria, sigo con atención los artículos de Alfonso Asúa en Cinerama (para el que no lo sepa, la revista esa que hay en los stands de algunos cines. Para el que no sepa qué es un cine, la explicación trasciende este apunte). El caso es que buscando en la web de la revista, no he encontrado ningún enlace, así que me permito transcribir el último, con sexo, muerte y los Héroes de Hogan; la historia de Bob Crane

Soñaba con ser como Jack Lemmon pero terminó con la cabeza reventada en la cama de un solitaric hotel. Su muerte, nunca aclarada, es uno de los grandes misterios de Hollywood, y su vida, una fascinante contradicción. Y es que Bob Crane, famoso locutor de radio, simpático vecino de Donna Reed en The Donna Reed Show y estrella de la serie de televisión Hogan’s Heroes (Los héroes de Hogan), por el día era un perfecto padre y esposo y por la noche un hombre atormentado obsesionado con la pornografía y enganchado a las películas porno caseras y a las fotos comprometedoras. Un tipo que caía bien, como Jack Lemmon, y que presumía de no beber ni de fumar: “dos de tres no está mal”, decía haciendo alusión a su obsesión por el sexo. Crane se hizo popular interpretando a Hogan en una serie cómica sobre un prisionero de guerra en la Alemania nazi. En esa época, años 60, llevaba 15 años casado con su novia de instituto y con sus tres hijos representaban el perfecto ejemplo de familia americana. Pero en la cumbre del estrellato, Crane conoció a John Carpenter (nada que ver con el director de Halloween), más conocido como “El James Bond de los videoaficionados”. Fue él quien le llevó al mundo de las películas caseras, las orgías y la pornografía, y a una espiral de sexo que nadie puro parar.

La cara de pícaro no es fingida...

Ser famoso y, a la vez, obseso sexual es un cocktail explosivo, y a Crane le explotó en la cara. Mientras fantaseaba con rodar una película porno con la actriz Stella Stevens, su vida familiar se rompía en mil pedazos, se casaba por segunda vez -con la actriz Patricia Olson- y su carrera caía en picado. «Te pasas toda la vida siendo el gracioso y un día todo cambia. Ya no eres el gracioso, el teléfono no suena», decía por esa época un Bob Crane completamente acabado, testigo del fracaso de su programa The Bob Crane Show y de dos películas que rodó para Disney: SuperDad y Gus, esta última sobre un burro que mete goles. Ya se lo decía su representante: “Tu estilo de vida y tu carrera podrían ser incompatibles”… y más si trabajas para la compañía familiar por excelencia. Pero Crane no pillaba el mensaje y seguía a lo suyo. “Qué tiene de malo que me guste tocar la batería en locales de striptease. Soy un tipo de carne y hueso y sólo miro a esas mujeres. No hacía nada con ellas”. Hiciera algo o no lo hiciera -que sí lo hacía-, el 29 de junio de 1978, estando de gira teatral en la pequeña ciudad de Scottsdale, Bob Crane fue asesinado con un trípode mientras dormía en una habitación del Hotel Winfield. Dos fuertes golpes en la cabeza le provocaron fractura de cráneo y daño cerebral. Alguien -nunca se supo quién, aunque su amigo Carpenter fue la última persona que le vio con vida y por lo tanto siempre fue el principal sospechoso- ponía punto final a la triste historia del bueno de Bob y daba el pistoletazo de salida para que comenzase la leyenda.

El primero que se interesó por ella fue Robert Graysmith (autor de la novela Zodiac, llevada al cine por David Fincher y con Jake Gyllenhaal en el papel del propio escritor) que escribió The Murder of Bob Crane. Como ya hizo con el misterioso asesino en serie de San Francisco, Graysmith intentó con esta novela desvelar el enigma de la muerte de Crane y llegó a una tremenda conclusión: la policía de Scottsdale (Arizona) no tenía capacidad para investigar el crimen y por eso todo se embarulló tanto que jamás se sabrá la verdad… por mucho que Gary Maschner, del Departamento de Policía de Scottsdale, se hartara de decir que “el asesino nunca se liberará de la culpa”. Los siguientes en interesarse por la vida y muerte de Crane fueron los productores y guionistas Larry Karaszewski y Scott Alexander, dos tipos que tienen debilidad por la cara más oscura del mundo del espectáculo americano (suyas son las historias de Ed Wood, El escándalo Larry Flynt y Man on the Moon). Fueron ellos los que le ofrecieron a Paul Schrader dirigir la adaptación al cine del libro de Graysmith. El guionista de Taxi Driver y realizador de la obra maestra El placer de los extraños aceptó el reto porque la historia le recordaba a la de Ábrete de orejas, de Stephen Frears, con Gary Oldman como el malogrado escritor Joe Orton. El director al que Peter Biskind define en su libro, Moteros tranquilos, toros salvajes como “atormentado y misógino” eligió a Greg Kinnear para interpretar a Crane y a Willem Dafoe para el papel de Carpenter. El resultado fue Auto Focus, un catálogo de perversiones y uno de los retratos más contundentes de la cara oscura del showbusiness.