No sé si a estas alturas de la historia se enseña latín en las escuelas de esta España mía, esta España nuestra; sería una pena que las nuevas generaciones dejasen de disfrutar el prodigio de las declinaciones y las frasecitas hechas siempre con Julio Cesar como sujeto. Pero si hay algo que fallaba en la enseñanza del latín era perseverar en que se trataba de una lengua muerta. Y bien muerta. Porque al fin y al cabo ¿qué es lo primero que aprenden ustedes de un idioma? ¿cuáles son las primeras palabras que dice un futbolista serbo-croata cuando se anima a desenvolverse más allá de pedir los cubatas en la barra?
Exacto. Insultos. Cagarse en la parentela ajena.
Esta carencia dejaba el latín inane, ñoño; parecía claro que el Imperio Romano había caído más que por las armas, por alguna tertulia acalorada. Sin embargo, la realidad no es así, y se nos ocultó a nosotros, tiernos estudiantes de aquello llamado BUP. Nadie nos habló de la poesía de Cátulo, mucho menos de su poema 16.

Como todos los que se dedican a juntar palabras, Cátulo estaba sujeto a la crítica. En concreto tenía fama de cursi por algunos poemas amorosos. Pero en lugar de amilanarse y decir las tonterías que suelen decir los poetas, dejó para la posteridad un recetario de obscenidades en latín. Mi natural pudor (y el miedo a google) me impiden traducirlo; también tiene que ver, todo sea dicho, que no sé latín… carencias aparte, aquí tienen un estudio suficientemente esclarecedor.
Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.
Nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est;
qui tum denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici
et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis
qui duros nequeunt movere lumbos.
Vos, quod milia multa basiorum
legistis, male me marem putatis?
Pedicabo ego vos et irrumabo.